Aquí tienes un cuento corto para leer esta noche en voz alta (unos 3 minutos) y, al final, una curiosidad que seguramente no conocías.

Tres castañas y Timo
Era otoño. Las hojas caían en remolinos y olían a tierra húmeda y castaña. En la tarde, antes de una noche de Halloween amable, Nora, una niña, barría la entrada con una escoba pequeña. A su lado husmeaba Timo, un erizo, que vivía bajo el seto.
Nora quería algo sencillo: llenar un cuenco naranja con tres castañas brillantes y ponerlo junto a su farol de calabaza con vela eléctrica. Salieron al parque del barrio. Cric-crac, hojas al compás, pisaron despacio el camino.
Vieron un erizo de castaña abierto a medias. Nora lo intentó con las manos, pero se pinchó un poco y soltó un ay. Timo, asustado, se hizo bola y asomó solo el hocico. La castaña siguió dentro, tan redonda y quieta.
Lo intentaron otra vez con un palito. Nora empujó, empujó… y ¡pum!, la castaña salió disparada y se escondió bajo un montón de hojas. Buscaron a cuatro patas. Cric-crac, hojas al compás, todo sonaba a secreto.
Entonces llegó Abuelo Paco, un abuelo, con una bolsa de tela y unos guantes. Sonrió y les enseñó un truco: poner una hoja grande debajo, abrir despacito el erizo con el palito y volcarlo dentro de la bolsa. Nora sujetó, Abuelo giró, y las castañas cayeron sin pinchar.
Repitieron el truco en otro erizo de castaña, y por fin juntaron tres, brillantes como botones mojados. Timo eligió la más pequeña y la empujó con el hocico hasta su casita de hojas. Dos hojas secas se le quedaron clavadas en las púas, como dos sombreritos torcidos.
Al anochecer, el farol de calabaza alumbró suave en la ventana. En la calle pasaron disfraces tranquilos que saludaron de lejos. Nora colocó el cuenco en la mesa. Cric-crac, hojas al compás, el viento susurró junto al cristal.
Dentro se estaba calentito. Abuelo Paco arropó a Nora con la manta del sofá. Timo se acurrucó bajo el seto, redondo y satisfecho. Las hojas siguieron cayendo despacio, y la casa quedó en silencio.
✨ Fin ✨
💡 ¿Sabías que…? El Ratoncito Pérez nació para un rey de 8 años
En 1894, al pequeño rey Alfonso XIII se le cayó un diente. Su madre, la reina María Cristina, le pidió al escritor Luis Coloma un cuento para la ocasión, y así nació el Ratoncito Pérez. Según la historia, vivía en una caja de galletas de la confitería Prast, en la calle del Arenal, 8, de Madrid. Hoy, en ese mismo portal, hay una placa y una pequeña casa-museo dedicada a él.
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